lunes, 7 de abril de 2008

Providencial abuso de confianza


La Derecha chilena, confiada en la “democracia protegida” por el sistema binominal que le asegura una representación parlamentaria aumentada y suficiente para “cogobernar” con la Concertación, ha traspasado todos los límites que aconsejaba la prudencia. En efecto, sus últimas actuaciones políticas, tendientes a maniatar a la figura principal del oficialismo, nada menos que la presidenta de la república a quién pretenden ponerle collar y traílla con el propósito de menoscabar su prestigio que los conduzca finalmente a tomar el control político sin necesidad de desalojarla, ha puesto a las fuerzas políticas en un inédito trance.

La última actuación del Tribunal Constitucional, institución antidemocrática contemplada en la Constitución del 80 que distorsiona el funcionamiento de los 3 poderes del Estado, pero que hasta el momento había tenido una actuación desde las sombras, es sacada ahora a la luz del día, para iluminar inequívocamente, la puesta del dedo en la llaga.
Anular una política de salud pública con el pretexto de que se vulnera el derecho a la vida y dejar en manos del mercado la distribución del medicamento, no solo es un flagrante acto de hipocresía, es también un abuso. Un abuso que se ha hecho sentir en la ciudadanía.
Por otra parte, la destitución de la ministra de educación Yasna Provoste, por un “delito” que saben bien que no ha cometido, es otro abuso. También es una manifestación de hipocresía más, puesto que saben bien que el desorden en las subvenciones estatales que reciben los sostenedores de los colegios privados, viene de muy antiguo, desde los orígenes de su gobierno mentor. La implacable dictadura derechista.
Todo el mundo sabe que esas subvenciones son un subproducto de la idea de “libertad de educación” que ha sostenido en el tiempo precisamente la Derecha, merced a su distorsionada representación parlamentaria y el alto quórum para revertir esa chacota educacional que representa la mayoría de los colegios privados financiados con dineros fiscales.
La destitución de la ministra, es otro abuso más que lleva a cabo la displicente derecha, que actúa sobre seguro y alentada por las propicias condiciones que le permite la abyecta Constitución Política del Estado. Un abuso que se ha hecho sentir en el corazón del pueblo.
La población chilena, no tiene que hacer un elaborado análisis para entender que estas situaciones descritas van en contra de su integridad. Se entiende claramente que este pretexto – chivo expiatorio- es un ensañamiento en contra de una persona, que ocupaba un alto cargo en virtud de sus méritos y que su debilidad consistía en ser una mujer, de origen humilde, y de rasgos populares.
También el pueblo percibe en forma natural, que prohibir la distribución gratuita de medicamentos, significa que tendrá que comprarlo. Su ira será mayor, cuando entienda que se están entrometiendo en su conducta sexual aquellos hipócritas mojigatos que no tienen ningún problema en financiarse el medicamento puesto que están en una situación de privilegio en virtud de sus altos ingresos.
De manera que estamos frente a una inmejorable ocasión en que el pueblo necesita expresarse, necesita decidir, pero no tiene el instrumento para hacerlo.
Necesitamos de un plebiscito para zanjar estas controversias fundamentales. Un plebiscito que es inseparable de una Democracia.
Sabemos que el plebiscito existe, pero que no está disponible. No es suficiente que la mayoría de los ciudadanos lo exija, se necesita de un procedimiento irrealizable para obtenerlo. Es una burla en la realidad, una quemante burla.
En días pasados, en este mismo espacio, se publicó una nota de Roberto Garretón, apoyada por prestigiosas personalidades del mundo de la cultura y la sociedad, en que se diseñaba un camino para cambiar la Constitución y así alcanzar la democracia. La idea es luminosa, sin embargo considero que para llevarla a cabo con éxito, debe ser impulsada con un ánimo constituyente, fundacional, debe ser impulsado por la totalidad de las fuerzas políticas democráticas y encabezado por el liderato natural, que recae en la persona de la presidenta de la República.
Nadie podrá acusarla de intervención electoral, puesto que lo que se pediría que en las próximas elecciones, no es una preferencia por un candidato, sino que es una papeleta extra o una marca que incluya la necesidad que el plebiscito sea una realidad. Nadie mejor que Bachelet puede liderar esa aspiración popular, nadie mejor que ella está posicionada para tomar esta oportunidad que se le ha puesto en sus manos. Nadie mejor que la presidenta para pedir la manifestación de la ciudadanía, nadie mejor que ella para realizar una reforma benéfica para nuestro país. Nada mejor que exigir un plebiscito.
RENE DINTRANS

jueves, 3 de abril de 2008

Basta de belicismo en TVN: No más "Pelotón"

En las disquerías alemanas no es fácil encontrar marchas militares como Érika o Radesky, la gente ya no las quiere, les recuerdan tiempos difíciles e incluso vergonzosos. Tampoco es posible encontrar monumentos militares, mucho menos de la época nazi, salvo algunos anteriores a esa época triste y que han sido dejados para recordar lo que nadie quiere que ocurra de nuevo en ese país.

En Canadá, por otra parte, jamás se verá por las calles a militares de uniforme, mucho menos en tenida de combate; está estrictamente prohibido. Es que ése es también un pueblo que no desea dejarse involucrar en nuevas aventuras militares ni desea endiosar tampoco a gorilas ni a orangutanes, como sí lo hacen en TVN, donde majaderamente aparece un grupo de enajenados en tenidas camufladas que reciben órdenes absurdas que no cuestionan, y que provienen también de otros enajenados que, al parecer, aman la guerra, pero, como ésta no parece cercana, desean quizá el que tengamos un nuevo golpe con la consecuente guerra sucia que conlleva.
Probablemente eso los dejaría muy contentos, mientras tanto lo son añorando en nuestras narices lo peor de la historia de Chile. La pregunta a hacerse es en qué contribuye TVN a la cultura del país con "Pelotón", que no sea en endiosar a guerreros como se hizo durante la dictadura. La respuesta es en ninguna. El programa producido de manera millonaria por la televisión del Estado, es decir, con plata de todos los chilenos, y enviado por señales de cable a todo el mundo, parece, más bien, orientado a blanquear instituciones odiadas por los chilenos como son las fuerzas armadas, y a promover el servicio militar obligatorio que aporta buena carne de cañón proletaria para posibles conflictos armados contra nosotros mismos si llegáramos a comportarnos de nuevo como los "rotos alzados" que combatió Pinochet.
El ex dictador estaría muy contento con el programa estrella "Pelotón" si no estuviera muerto.En "Pelotón" no está en juego ningún pomposo honor de los que allí participan, el que sí lo está es el honor de Televisión Nacional y el de todos nosotros que hemos permitido que esta apología al militarismo se haya exhibido impunemente por dos temporadas consecutivas, por eso ahora digamos ¡basta!!!!!
Colectivo "Las historias que podemos contar" http://www.lashistoriasquepodemoscontar.cl/
Polo Izquierdo de la Memoria http://www.memoriando.com/
Este es un comunicado pertenece a una campaña que exige que TVN termine con «Pelotón» y ni siquiera piense en una nueva versión de este espacio donde se hace apología del belicismo. Si estás de acuerdo con él, reenvía este email a tus relaciones y por favor agrega a la lista tu nombre y profesión y remítela a

directorhistorias@gmail.com

martes, 1 de abril de 2008

Concejales no se eligen por sistema binominal

Sé que no estoy dando una noticia nueva, pero he creído necesario considerar aquí, que los cupos de concejales son 5. Lo que desde luego, es muy distinto al caso de los cupos en Distritos y Circunscripciones, en que se eligen 2 senadores y 2 diputados respectivamente. De manera que en estas elecciones, existe la posibilidad que una minoría quede reflejada en los hechos, un 20% es susceptible de ser registrado, lo que de ninguna manera ocurriría en las elecciones mayores.

Se dirá con razón que las elecciones de concejales no son relevantes, que no son suficientes para asegurar con fundamento que en nuestro país se practica una democracia propiamente tal, ya que la generación de representantes a un poder del Estado, como es el caso del poder legislativo, es repulsivamente antidemocrática.

Los concejales son los últimos personajes del escalafón político y prácticamente no detentan ningún poder. Su irrelevancia está en directa relación a las ínfimas atribuciones que tienen en el gobierno comunal, pero sin embargo, si una minoría lograra un porcentaje cercano al 20% en los votos, es decir, si lograra 1 concejal por comuna, sería una realidad insoslayable que contradiría la espuria representación de los congresistas.

Crearía un problema más allá de la discusión académica como fue el caso de los senadores designados, que desaparecieron por la fuerza de los hechos. Era repugnante que el Senado tuviera una representación distinta a la de los diputados. La vara con que se medía la generación de los representantes del Senado, era la representatividad de los diputados, que era por voto popular, a pesar de la manipulación que significa, elegir solamente entre 2 candidatos.

Tal parece que existiría cierta relevancia si estas elecciones se enfrentaran de manera distinta, de acuerdo a su forma distinta de funcionamiento.

Ciertamente que las 2 alianzas que monopolizan la representación parlamentaria, tienen una ventaja considerable a pesar que aquí el modelo en juego no es el binominal. Es la inercia política, son alianzas que tienen asegurada su cohesión por el poder que detentan en virtud de su estabilidad en el juego dominante, el binominal, pero, es una verdad que nadie puede rehuir, que en estas elecciones las reglas del juego son otras y no debieran enfrentarse con la mentalidad establecida por aquellas, por las que he llamado elecciones mayores.

Sabemos que el electorado de izquierda es mayoritario en la alianza gobernante, sin embargo la trascendencia de sus ideas es prácticamente nula. Y no es determinante en ello la calidad moral de
sus dirigentes, ni es el caso discutirlo aquí, ellos están cautivos en el modelo que han elegido para hacer política.

Por otro lado, los partidos de la llamada izquierda extraparlamentaria, no están ajenos al modelo que han rechazado para hacer política, los condiciona es cierto, pero en menor escala. Es por esa razón que creo que el esfuerzo de reconstruir la izquierda está en manos de los marginales al sistema, que ciertamente son más libres, más puros.

No se puede seguir desperdiciando oportunidades, el Juntos Podemos fue un apronte de brillo incipiente que sucumbió porque sus partidos y movimientos no se supeditaron al todo, siempre sacaban pequeñas cuentas, de la pequeña parte que representaban.

Hoy más que nunca la Concertación necesita votos que no encuentra de donde sacar. Es el momento propicio para negociar pactos por omisión, pero antes, la izquierda extraparlamentaria debe ser capaz de estar unida por algo superior a sus partidos, por el Pueblo que tanto han dicho representar, por la unidad popular de todos los pueblos.

¿O es el caso que el pueblo no significa nada para nadie. Ni siquiera para la Izquierda?

¿Es que el pueblo no es más que una palabra, una palabra que se ha deformado de tanto repetirla, una palabra que ha muerto en manos de sus torpes usuarios?

¿Es que la inmensa cantidad de gente que vive marginada de los beneficios de un país que se desarrolla, porque sus frutos están reservados para una minoría, no tiene otra alternativa de ser considerados porque no existe una palabra que los nombre?

Se ofrece la palabra.
RENE DINTRANS

lunes, 31 de marzo de 2008

Estatizar la corrupción

Durante este fin de semana casi todas las columnas de los diarios analizan, de diversas formas, el tema de la corrupción. Según las encuestas semanales de los diarios del bipolio derechista este tema constituye la segunda preocupación de los chilenos, después de la delincuencia. O asaltan a las personas o al Fisco. Si revisamos nuestra historia, este hecho no es nada nuevo en el mundo político: en 1904, el público desayunaba, almorzaba y cenaba a la luz de las distintas publicaciones sobre peculados, perpetrados por políticos aristócratas –principalmente - a comienzos de siglo pasado, y hoy por operadores y otros funcionarios de distintas categorías.

En el pasado, llegó a tanto el escándalo que el destacado jurista, ex parlamentario y ex diplomático Marcial Martínez propuso, lisa y llanamente, estatizar el soborno a los diputados, es decir, estatizar la corrupción: “recordó Martínez cómo, en la Inglaterra de Jorge III, Lord Grenville había comprado el apoyo político de Horacio Walpole, nombrando un sobrino suyo en un puesto bien retribuido. Era “el soborno que un hombre honrado puede intentar sin ánimo de ofender a otro”...”¿Por qué no imitar en Chile este ejemplo? ¿Importaría esta práctica – se preguntó Marcial Martínez – aunque transitoria, una forma nueva o desconocida en nuestros hábitos políticos? No, pues lo que actualmente pueden tomar para sí ciertos miembros del Congreso mediante su actividad de artificio lo recibirían directamente del Gobierno y así se lograría tal vez una gran economía para el erario. Queremos sustituir el botín bélico de los bandos indisciplinados, por la paga organizada de las tropas regulares”.

“Consideraba enseguida Martínez una alternativa de su proposición... tan burlesca y cínica como ésta. A saber, que Ejecutivo sobornara no a los parlamentarios, sino a la misma “masa electoral”. Es decir, que el Gobierno cohechara” (Vial, Gonzalo, 1981, tomo II:614).

La primera fórmula equivaldría a estatizar la corrupción evitando el abuso privado por parte de los parlamentarios de los dineros fiscales. Algo de esto está ocurriendo, no sólo en Chile, sino también en la economía mundial cuando la FED se hace cargo de un Banco arruinado y que muy posiblemente se multiplique a miles de pequeños Bancos, y el Banco de Inglaterra realizó la misma operación. De las estafas del capitalismo privado al final el Estado se convierte en su salvador; en Chile ocurrió algo similar durante el gobierno de Augusto Pinochet, en los años 80. Más fácil sería que todos los bancos fueran estatales, una especie de socialismo de los ricos como lo llama un famoso economista . La segunda fórmula es aún más atractiva: en vez de que los partidos y candidatos ofrezcan peinetas, anteojos e irrisorias prestaciones de salud a los incautos electores, este cohecho podría llevarlo a cabo el Estado incluyendo, incluso, una partida del presupuesto nacional, repartida igualitariamente entre los electores.

Hay una concepción sociológica y antropológica que sostiene que la corrupción hace parte esencial del ser humano y de la vida en sociedad, por consiguiente, no puede erradicarse, y sólo puede ser morigerada y limitada por la fiscalización de instituciones independientes, es decir, la Contraloría, las Superintendencias, el Poder Judicial o los ciudadanos, por medio del Defensor del Pueblo, los plebiscitos o la Prensa. Para Durkhein, el crimen, el suicidio, el robo y otras formas de delito son hechos sociales anormales consubstanciales a la organización social.

Quizás el mejor de los columnistas de hoy es el profesor Carlos Peña, rector de la Universidad Diego Portales, que siempre demuestra un gran saber político y académico en sus columnas dominicales. El domingo, 30 de marzo, tituló su artículo de opinión con una frase tomada de Emmanuel Kant: “Del tronco torcido de la humanidad nunca saldrá nada recto”. Este destacado intelectual se adscribe a la tesis funcionalista en el sentido de que la corrupción es parte de la naturaleza de las sociedades humanas.

El distinguido profesor Patricio Orellana, de larga trayectoria académica en la Universidad de Chile, con razón plantea que el antónimo de corrupción es la probidad y la transparencia y que ésta debe buscarse como fin de la sociedad, no tolerando ninguna forma de corrupción. Según el rector Peña, en el resumen de su artículo dice: “Nadie está libre de pecado. Y por eso, en vez de moralizar, es mejor discutir acerca de las reformas que podrían inhibir la conducta desviada. Si no podemos mejorar la naturaleza humana, sí podemos mejorar las instituciones”.

Según Carlos Peña, el gran mérito de la sencilla sabiduría de Lavín es que la corrupción no tiene color político, ni origen familiar. No sé por qué se me ocurrió que esta idea podría ser algo similar a los clásicos empates de la política chilena que, en el caso histórico de la elección de Federico Errázuriz Echaurren se resolvió por la compra de dos electores y el voto en el Parlamento de sus parientes. Mi abuelo, Rafael Rivas Vicuña, era un fanático de este tipo de desempates oligárquicos, por medio de los famosos tribunales de honor que en 1920, dieron el triunfo a don Arturo Alessandri.

Que hay instituciones que debieran controlar la corrupción política y administrativa es un hecho indudable. La Contraloría General de la República existe desde el gobierno de Carlos Ibáñez del Campo; los Tribunales de Justicia, desde el comienzo de la República; las Superintendencias han actuado durante todo el período de la democracia protegida; la Constitución da débiles facultades fiscalizadoras al Parlamento. En general, ante cada escándalo, a veces aumentados por la Prensa, se han aprobado sucesivas leyes de probidad; incluso, durante el gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, se instalaron miembros de la Contraloría en cada Ministerio. Si la superación de la corrupción se redujera solamente a un asunto jurídico o de fiscalización tendríamos en Chile un Estado probo y transparente; desafortunadamente, este no es el caso.

Durante mucho tiempo hemos gozado de la leyenda urbana, transmitida por los historiadores, en el sentido de que Chile es una isla de honradez dentro de un continente corrupto, a causa del populismo. En Chile, los partidos políticos no pueden ser comparados por PRI mexicano, ni siquiera con la Democracia Cristiana italiana – hoy fenecida a consecuencia de sus relaciones con la mafia, perseguida por los jueces italianos- con el COPEI y ADECO, de Venezuela, o con los liberales y conservadores colombianos, traspasados por los carteles de la droga y la parapolítica. En Chile, salvo Augusto Pinochet, la mayoría de los presidentes han tenido que trabajar, una vez dejado el poder, y muchos de ellos han vuelto a vivir como ciudadanos, en modestas casas para empleados públicos. Chile era un país pobre, pero honrado. Me atrevo a dudar que con la actual riqueza, producto del maná del cobre, siga siéndolo.

En un artículo anterior, llamado Corrupción y poder, creo haber probado que este bello mito republicano tiene mucho de falsedad. Es cierto que, como todo en historia, hay períodos más corruptos que otros; no cabe ninguna duda de que el seudoparlamentarismo de 1891-1925 fue una época de alta corrupción: el binomio política-negocios estaba intrínsicamente unido; los parlamentarios eran a la vez abogados de los grandes capitales salitreros ingleses y nacionales y no pocas veces ellos mismos eran dueños de oficinas salitreras; el sindicato de Obras Públicas era, por cierto, mil veces más poderoso en la adjudicación de concesiones que el famoso GATE; los escándalos en ferrocarriles, de esa época, no eran muy distintos que los actuales – a lo mejor con menos millones de dólares-; la administración pública era el coto de caza de los partidos políticos- por ejemplo, al Partido Radical le correspondía la educación; a los balmacedistas liberales democráticos, los jueces, y así, suma y sigue; era una verdadera administración feudal – a cada tribu su territorio-. Con razón, el ex presidente Ricardo Lagos no se quiere someter a estos condotieri. Mucho me temo que muy poco ha cambiado entre dos Centenarios: hoy, la Democracia Cristiana es dueña de las empresas fiscales – entre ellas la millonaria CODELCO, además de INDAP y una serie de servicios públicos- lo que resta se reparte entre el PPD, PS y PRSD.

Sólo faltaban las municipalidades y aquí le correspondió su parte a los catones de la UDI, que se regocijaban denunciando las inmoralidades y escándalos de los gobiernos de la Concertación. Volviendo al estudio comparativo con el pasado, nada más corrupto que la comuna autónoma, que nació como un ideal, imitado de la democrática Suiza, y que terminó en la peor de las corrupciones; había municipalidades cuyos alcaldes y otros personeros aprovechaban para enriquecerse ilícitamente con las enormes facultades con que contaban estas instituciones edilicias, sobretodo las más ricas – en las provincias salitreras, Santiago, Valparaíso y Concepción- no pocas veces dejaban de lucrar con las patentes de los garitos de juegos o con los exámenes sanitarios de las trabajadoras sexuales. Me permito recomendar la lectura de Sinceridad, Chile 1910, del profesor Alejandro Venegas, la Historia política parlamentaria, de Manuel Rivas Vicuña, o Las crónicas del Centenario, de Joaquín Edwards Bello, donde podremos profundizar, en detalle, lo pestilente que era la famosa comuna autónoma.

Actualmente, aunque no se ha comprobado, al menos aparecen tres o cuatro municipalidades en tela de juicio por asuntos relacionados con la probidad. Además, hay un número importante de alcaldes, de todos los colores políticos, que han sido conducidos a la justicia por diversas causas de mal manejo administrativo.

Es evidente que Chile durante el período de la dictadura de Pinochet fue un país altamente corrupto; baste citar la venta de empresas públicas a precio de huevo, a funcionarios de la dictadura e, incluso, a un yerno del tirano, además del nepotismo, robo de bienes fiscales, contrabando de armas, falsificación de documentos públicos y otras lindezas. Nadie me acusará de antipatriota por denunciar esta corrupción, por el contrario, creo que al hacerlo sólo cumplo con un deber de ciudadano.

Desgraciadamente, el dictador consiguió, por medio de un pacto de terror, mantener en silencio durante largo tiempo esos latrocinios, no pocas veces con la complicidad de sus opositores. Para qué recordar la “razón de Estado”, invocada a raíz de los pinocheques, y cómo los personeros de la Concertación lo salvaron del justo juicio que el mundo dedica a los genocidas.

Lamentablemente, la democracia protegida, administrada por la Concertación, heredó el caramelo envenenado de la corrupción. No es el momento para recordar la seguidilla de escándalos, desde el davilazo, pasando por las casa Copeva, Inverlink, coimas, Chiledeportes, ferrocarriles, subvenciones, y otros. Es cierto que el concepto corrupción es bastante ambiguo y se protege en la opacidad; generalmente se le asocia con el uso privado de dineros públicos, y sólo se acepta como hechos de corrupción aquellos que están tipificados en el código penal y deben ser tratados por la justicia. En todo el período de los gobiernos de la Concertación muy pocos casos han terminado en condena, y éstos con muy bajas penalidades.

La corrupción es mucho más que aquellos delitos comprobados y penados: abarca distintos campos, en parte es el lobby, el tráfico de influencias, el cohecho, la traición a la voluntad popular por medio de sistemas electorales inicuos y fraudulentos, a veces la malversación, el llamado desorden administrativo, la improvisación, el nepotismo, “las sillas musicales”, la feudalización de la administración pública, la aceptación de la compatibilidad entre cargos de directores de empresas privadas y en la alta administración pública. A la larga, esta es la mezcla entre política y negocios que más temprano que tarde terminan por descomponer la democracia.

En conclusión no creo, como Juan Egaña, que las buenas leyes hagan buenos a los hombres, que una mayor fiscalización, que por cierto es imprescindible, vaya a crear por sí sola, una administración, un Gobierno y un Estado probo. Para tener un Chile transparente y honesto es necesario que la política vuelva a ser una rama de la ética y no una forma más rápida de enriquecerse, según los postulados del neoliberalismo que centra el sentido de la vida humana en lograr la mayor rentabilidad en el menor tiempo posible: el mercado carece completamente de ética y por mucho que se le quiera regular, siempre buscará los mejores atajos para el enriquecimiento perpetuo.

Rafael Luis Gumucio Rivas

domingo, 30 de marzo de 2008

Las piedras de la historia


“Qué maneras más curiosas de recordar tiene uno”
Silvio Rodríguez
El 29 de marzo, un número importante de chilenos recuerda y conmemora a sus caídos y no se trata de víctimas al azar. Era el esfuerzo de un régimen por imponer el miedo y el terror a quienes resistían su mal gobierno. Durante 1985, 53 chilenos y chilenas, en su mayoría jóvenes, ofrendaron sus vidas de diferentes modos y un número indeterminado de personas sufrieron detenciones arbitrarias y torturas.

Recordar el 29 de marzo de 1985, no es otra cosa que rendir un homenaje a cada una de esas vidas arrancadas de sus familias y de un proyecto distinto de país. De ahí que uno de los modos más sinceros de hacerlo, es ratificando un viejo compromiso: hacer de Chile, un país más justo y digno para nosotros y nuestros hijos e hijas. La memoria de los renegados, sin embargo, tiende a matizarse con la de los victimarios, buscando en un primer esfuerzo imponer el olvido - si ello no diera resultado- intentan entonces bajar el perfil o remitir el recuerdo a un símbolo, una placa recordatoria, para que queden bien guardados, en el obituario de fin de siglo; los más osados buscaron verdades pactadas que aseguraran el suculento negocio del Co-gobierno.
Los hermanos Eduardo y Rafael Vergara Toledo, como José Manuel Parada, Santiago Nattino, Manuel Guerrero, los hermanos Marcelo y Daniel Miño Logan, Oscar Fuentes Hernández, Paulina Aguirre Tobar, Sara Plaza, Carlos Godoy Echegoyen, entre tantos, son el símbolo de la resistencia contra una dictadura brutal, pero también son el signo de una política que levantaron diversos sectores de izquierda, con el afán de lograr la caída del dictador, la política de rebelión popular. Fue la más alta bandera de la dignidad, levantada por los jóvenes de la época.
A pesar de su derrota, los que tomaron la decisión de hacerla carne y pagaron con su vida por ello, merecen respeto.
¿O existen castas de víctimas a las que se debe recordar y a otras no? Con los mártires no puede haber discriminación de ningún tipo, otro asunto son las formas de conmemoración, que en ningún caso puede significar silencio.
Los peñascazos como símbolos de la historia.
Cuando Luisa Toledo, madre de los hermanos Eduardo y Rafael, asesinados por carabineros increpa al señor ministro Vidal, con la imagen de las piedras lanzadas, incluso sobre su cabeza, la respuesta del distinguido funcionario se redujo a decir que los problemas de un país no pueden arreglarse a peñascazos.
Usted tiene razón ministro, los problemas de un país no debieran solucionarse por esa vía, pero hay momentos en la historia de un pueblo, en que las voces de los excluidos, de los insignificantes de la historia, claman en el desierto sin respuesta. Entre las voces que se han levantado en el desierto, se encuentran las de Luisa Toledo y Manuel Vergara.
Por tanto, pasar del grito a la piedra que golpea las puertas y las cabezas de los sordos, cuando han pasado veintitrés años, no me parece ningún acto de neurosis.
Las piedras, por insignificantes que parezcan hoy, ante la tecnología de la muerte, juegan y han jugado un papel digno. En la historia de muchos pueblos, grandes alegorías tienen como centro una piedra, baste recordar el proyectil lanzado por David contra Goliat.
La piedra ante la amenaza mortal de la bala, es el acto épico y supremo de hombres y mujeres por su dignidad. Así lo demostró el pueblo de Chile, a mediados de los ochenta, así lo demuestran los jóvenes y niños de Palestina e Irak, ante la ocupación sanguinaria de Israelitas y Norteamericanos.
Las piedras no solucionan los problemas señor ministro Vidal, señores integrantes de la concertación y de la derecha del país, pero tampoco se corrigen con mesas cojas de diálogo, ni con la amenaza de las penas del infierno a quienes osen lanzarlas, ni con la soberbia de quienes se esconden bajo el poder empresarial, las leyes de amnistía y de los acuerdos que los protegen de sus responsabilidades, tanto en la eliminación de ciudadanos, como del desfalco que sufrió y sufre el país, en manos inescrupulosas.
Muchos de ustedes no han lanzado una piedra, ni una molotov, ni siquiera un mísero panfleto en su vida y sin embargo, el daño que han causado a la psiquis de los chilenos, al cuerpo de los chilenos, al alma de los chilenos, no tiene posibilidad de comparación. Con sus acciones políticas lo que han hecho es asesinar sistemáticamente la esperanza, el sueño de una sociedad más justa.
“La justicia en la medida de lo posible”, el silencio pactado para resguardar el nombre de los torturadores, la comodidad de la democracia protegida, amparada en un binominalismo político, social y cultural impuesto a costa de cesantía, miedo y exclusión, son parte de las miserias que tendrán que cargar durante toda su vida.
Porque las voces que claman en el desierto, como hoy la de Luisa, cumplen la función de ser la piedra que estalla contra la ventana de sus dormitorios, alterando el sueño de tan distinguidos caballeros.
OMAR CID